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Chaqueta de Enzo De Santis A la sombrita del nopal |
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La música es complaciente, tocadas rápidas en un desierto de melancolia. Me dejo conducir por esa insólita melodía a través de paredes de papel. Recuerdos amarillentos. Un llano se extiende velozmente tragándose al horizonte en torno mío, mientras mil bocas carnales surgen del silencio. Vuelvo a la música que ahora se ha hecho más rítmica, marca un progresivo contraste con el ambiente circunstante. Una fuerza silenciosa que separa los elementos y va dejando un espacio cada vez mayor al vacío que anula todo pensamiento. El reloj es pesado y me lastima la muñeca ya no podré con mis 50 lagartijas diarias esa película incomprensible tal vez valdría la pena volverla a ver aquel ruido de siempre que me arrebata los sueños eróticos mañana no fumaré porque es el siete de abril me la pasaré todo el dia leyendo el Qué hacer?. No pensar. AI fin todo se ha paralizado, como de cara a un accidente mortal. Respiro por los pies, o por las manos, o quizà ya no estoy respirando en la nada apaciguadora. He muerto hace mucho tiempo y solamente ahora me voy acordando de algunos fragmentos de la vida. Acabo de nacer y todavía no me ubico en esta telarañas de recuerdos vividos quién sabe por quién y cuándo. |
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Muevo unos pasos sin ruido. Hasta la música se ha callado. Escribo. "Querido amigo, ahora sí te estoy hablando de verdad. Estuve pensando en ti durante toda la mañana, reconstruyendo tus hechuras en las hojas sucias de mi vida, escudriñando tus pensamientos entre las líneas negras de un libro que nunca acabo de empezar, escuchando tus quejas en el zumbido de fondo de una melodía sólida. Vuelvo una vez más al espejo en la búsqueda de facciones familiares en esa facha desconocida, desafiantemente ajena. Borro la imagen con la frente que resbala hacia el fondo del barranco artificial. Ojos de acero lubricado me miran con indiferencia desde mis superficies planas. Grumos de cerebro se desprenden y se te acercan amistosamente, pero no logran ninguna comunicación y desaparecen detrás de tu malvada sonrisa. |
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Fuimos
muy amigos tú y yo. Juntos hemos recorrido praderas en Ilamas camino
al infinito. Recuerdas el dulce estallar de la dinamita? Hace mil
años, y tú, el más cómplice entre mis amigos, ya no te quieres acordar,
te apena escuchar sobre nuestro pasado. Tú, malditamente obstinado en
querer vivir la imposibilidad de un presente resbaladizo. Escupes contra
el viento, ese mismo compañero y testigo de antiguas hermandades. Has
dejado a un hombre sólo, aplastado por una multitud empapada de imaginación
‑retórica para putas‑, sueños envueltos en un día como
muchos: hijo de la incertidumbre. |
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