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à la rencontre d'univers

en liberté

Editorial del n° 1, por Eric Méary-Negri
Noviembre 2001

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Puesto que la vía está libre, aprovecharé para huir en compañía de la literatura de evasión. O llamémosla literatura popular, de género, del imaginario, para-literatura poco importan estas fluctuantes denominaciones más o menos pertinentes que regrupan una torre de Babel de voces tan variadas y tan inventivas, que por otra parte no se anidan en las colecciones especializadas. Compenetrándose recíprocamente polar, ciencia ficción, fantasia, horror, erotismo, etc... y que aparecen al final de cuentas irreductibles a una estricta definición, refractarias a la camisa de fuerza de la clasificación. Ciertamente estas literaturas tienen un género, un mauvais genre, con su mania de desviarse del nombrilismo, de los lloriqueos complacientes o de las polémicas a la moda. Meten sus narices en las zonas sombras de la historia, sacuden las sábanas sucias de la política, abren los armarios con cadáveres de la sociedad, invocan las creaturas de sueño y de pesadilla que poblan nuestras mentes, embarcan hacia las estrellas, crean mundos, idiomas, especies, explotan las teorías científicas o las elaboran, invierten el tiempo y el espacio para remodelarlos a su gusto.

Creciendo como la grama, pululan fuera de los senderos trazados de nuestro pueblo sonriente Potemkine global. Indisciplinadas, estas literaturas carecen de corrección. Creo aún que para mantener la vitalidad de su ánimo a la evasión y a la estimulación de la imaginación, ellas ganarian, evitando encerrarse en sus ghettos, plantarse inmóbiles frente a sus barricadas o crisparse sobre la administración de sus fondos de comercio. Esto quiere decir que no deben renunciar a la mezcla, al cruce, al injerto, a la mutación, a la metamorfósis, a la contaminación, a la infiltración, a la apertura, al intercambio, a la comunicación. Ya sea atravezando los dichos géneros o mezclando los medios de expresión.

Rutilante de logos comerciales y zumbante de mensajes publicitarios, acercándose más a la propaganda que al reclamo, la encantadora amalgama del parque de atracciones y de la casa de muertos, en la cual vivimos, fagocita inovación cultural, visión original, movimiento alternativo. El todo es devuelto bajo una forma desencarnada, aséptica, calibrada, empaquetada al fin digna de ser expuesta en los estantes de los hipermercados del prêt-à-penser : ¡ expulsemos la angustia ! ¡ Regresa a tu casa el estupor ! ¡ No se triture las meninges, compre ideas de marca ! ¡ Quédense bajo las cámaras, sus pensamientos no están bien frecuentados !

Fronte a esta “colonización del espacio mental” (versión Naomi Klein), a esta “colonización del imaginario” (versión Valerio Evangelisti)- que, en los hechos, puede prosaicamente traducirse por “te abro el cráneo, te lo cago, rojillo maricòn” (versiòn estival genovesa)- la creaciòn de quimeras artìsticas seguramente jugó un rol importante. Las literaturas del imaginario y de la evasión pueden contribuir a mantener el fuego de la efervescencia crítica. Al menos espero que en el fondo de su resistencia, ellas dirigirán sus sabats y lanzarán nuevas herejías ; perseguirán su obra de revelación de mentiras y pondrán en tela de juicio las certitudes de un simulacro que tomamos por realidad ; conservarán su carácter transgresivo y caotico y continuarán a inventar lo real, y a displegar la envergadura de su diversidad.

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