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Jorge Picó
El teatro: demasiado humano para ser verdad |
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Mientras escribía esta ponencia que ahora leo ante ustedes he recibido la llamada de la señora de Pérez, que es alguien que siempre se sienta en la cuarta o quinta fila del teatro y me ha dicho que ve a la profesión como con cierto despiste general. "¿Por qué?" -Le he preguntado yo-. "Y yo qué sé -me ha contestado ella-, tú sabrás que eres el teatrero". Le contesté que, precisamente por eso, no tenía ni idea. Me ha dicho también que el otro día llevó al teatro a su marido y que le bastó una mirada de reojo para comprobar que se aburría. Seguramente por lo mismo que yo-le dije- porque se pasa el tiempo viendo personajes simplemente hablando en escena o la cosa es de un críptico-intelectual que asusta, o son los actores los que se emocionan en el escenario mientras que usted y su marido no se emocionan nada, y los encuentra patéticos, o quizás porque fue a ver una obra montada deprisay corriendo que se olvida más deprisa y corriendo todavía. |
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Le dije que nada puede ser tan aburrido como el teatro y que ningún sueño
es tan reparador como las cabezaditas que se da uno en sus butacas. Yo
le he dicho que andaba preparando una ponencia sobre el teatro y la realidad.
Y antes de colgar porque tenía que tender la ropa, me ha preguntado
que cuál era la diferencia. Y el momento más terrible es cuando he oído
a su marido con las pantuflas puestas y frente al televisor decir a lo
lejos "¿Y para qué, eso del teatro?" Esto me fastidia bastante
porque acabo preguntándome que qué yo hago metido en esto y cuál
es el camino a seguir. Pero como las conferencias las pagan siempre
ellos tampoco es tan grave. |
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Volviendo al autor lo considero un hijo de su tiempo que va repartiendo actos poéticos casi, casi como distribuye el arroz mi madre en la paella: dos puñados bien llenos por comensal. Y si les parece poco, pues no tengo ningún problema en añadir más pues creo que está bien trabajar en la abundancia, buscar al escribir para teatro la exageración sutil, el exceso, la intensidad existencial. Simplemente para hacer frente a una Realidad que nos invita a sintetizar, a ser concisos y rentables, al máximo rendimiento por el mínimo esfuerzo y que tiende a eliminar la fiesta y el carnaval de nuestra sociedad. Esto del carnaval suena hoy en día a disfraz y máscara pero me refiero al carnaval que es capaz de desestabilizar el arte establecido, que incomoda. |
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Haciéndolo de una forma peligrosa, arriesgada, con el riesgo de
la cárcel en algunos países o el más actual y cercano de una censura económica
o el ninguneo de las instituciones. Carnaval y fiesta
bastante relegados hoy en día a los parques temáticos o a las playas de
Benidorm. Imagino que los obreros de Birminghan que buscan ese Carnaval
en Benidorm lo encontraban en el teatro isabelino delante de una obra
de Shakespeare o Marlowe. Contemplaban un caos, la obra de un bárbaro
escribiendo que no defendía ninguna tesis concreta, que prescindía de
conceptos y teorías para desplegar pasiones en escena, casi como si fueran
vectores de fuerza que entrechocan entre sí y producen energía contagiosa.
En definitiva alegría, que si algo produce el teatro es alegría,
hasta en las mejores Tragedias. Algo me dice que este hombre
escribía deprisa y lo hacía pensando en todos los que se reunieran
alrededor de sus obras: los distinguidos y la señora de Pérez que
ya estaba entonces en la cuarta fila. Era, como buen autor,
un elitista para todos. O sea que el autor, que antes que autor
es persona, nunca dejará de tener la misión de ir conquistando territorios,
indicando caminos y abriendo horizontes y esto supone la más de las veces
ir a contracorriente o a contrarealidad; si lo prefieren. El autor se
enfrenta a la realidad que le rodea, la domestica, la zarandea, la
estiliza. Más preguntas ¿cómo teatreros nos rodea la realidad o a veces
planeamos por encima de ella para verla mejor? Si nos rodea hay que resistir
cual cerco numantino y si planeamos por ella lo mejor es dirigir una mirada
de amor tipo gaviota paciente mirando al dominguero que tiene problemas
para plantar su sombrilla en la playa cada fin de semana. Lo mejor que
se puede hacer con la realidad es acotarla, definirla, estudiarla, esto
es estar al corriente del pensamiento de la historia, con una oreja
pegada a lo que dice la gente en el mercado. "Detente instante, eres
bello" grita Goethe. |
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Pues menudo lío como se detenga ahora, con la cantidad de cosas que ocurren y ocurren todas casi simultáneamente. ¿A cuál hacer caso primero? Mejor habría que reescribir "detente instante eres, eres... tú no instante, sino ese otro instantito que está a la derecha, junto a aquel más pequeñín que está detrás de ese que tapa lo menos a diez..." O casi mejor: "detente información que eres guapa, pero no me dejas pensar" No me extraña que algunos creadores como Bob Wilson o Sankai Juku reivindiquen un tempo hiperlento para el teatro, casi letárgico: las acciones se ralentizan, y los personajes tardan eternidades en sentarse, por ejemplo. Cogen un solo instante, el de sentarse, y lo recrean. Una sola situación. Un tempo interesante que no debe confundirse con el "como es lento, es profundo y entonces está lleno de significado". |
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No solamente porque juegan con el tiempo con una intención excéntrica,
sino como hace también Richard Foreman en sus obras y esto es textual
"para problematizar el propio acto de sentarse" No estamos
lejos de entrar en el universo del clown que rebate todo lo que
parece y como hace el payaso Grock al quedar lejos del piano en
vez de empujar la banqueta hacia el instrumento, lleva con esfuerzo el
piano hacia donde está sentado. Lo que se nos antoja como evidente,
él lo pone en solfa y en duda. Ciertos creadores consiguen que el
teatro sea un combate estético contra el bombardeo de información, la
rapidez, la velocidad. O el propio Chejov que sitúa personajes hiperactivos
en un mundo letárgico, como indicaba Peter Brook. Ahora vivimos lo contrario
que en las obras del dramaturgo ruso: nuestra realidad más que amor
es frenesí y nosotros reaccionamos al ralentí ante las injusticias, los
escándalos y el olvido o simplemente el mirar a otro lado parece ser el
mejor medicamento. Afortunadamente, no todos.Cuando digo "autor hijo
de su tiempo" no descarto la maravillosa idea de vivir a destiempo
anticipando la historia, anunciando lo que vendrá o revelando lo que está
ahí y nadie antes le puso palabras o se atrevió a encarnarlo en
un actor. Estaba, lo sabíamos todos... pero qué bien lo dijo y se lo dijo
a su comunidad, a la sociedad. |
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El teatro que más me gusta es el que está hecho de relaciones insólitas, el que es capaz de asociar contrarios donde cosas inesperadas se encuentran, pura metáfora. En una obra de Philippe Genty un personaje que está retenido por hilos, imagen de la marioneta, se dirige con dificultad, maleta en mano, hacia una tijera que parece ser su salvación. Cuando llega abre la maleta, y claro esta contiene otras tijeras. En otra del Theatre de Complicité un narrador señala varios zapatos vacíos hablándonos de una familia, éstos aparecen, se calzan y comienza una historia. ¿No es maravilloso? Además, no es tan caro como parece. |
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Más preguntas para seguir enlazando la ponencia ¿Nos damos cuenta
de la fuerza que hay en reunir a varias personas en una sala? Cuando se
tiene la suerte y el poder de convocatoria. Lástima que este acto se lo
coman a veces intereses económicos Pero es algo a reflexionar, a cuidar,
toda esa gente vino a vernos, ¿por qué? Se pregunta uno. No tengo la respuesta
pero si estamos de acuerdo que en tiempos fríos y desangelados es el fuego
lo que reúne a la gente creo que el teatro debería tener esa misión de
convocar alrededor del fuego. Un fuego que se alimenta de
la capacidad de sugerir, de evocar y invocar. El arte que trata al espacio
como una metáfora y que genera ilusión, que es otro fuego que ilumina
la realidad en la que vivimos y que nos hace ver más allá. El lugar donde
las utopías individuales de los personajes se comparten y se convierten
en colectivas. |
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Me gusta la idea de que el teatro sea pura ilusión, artificio,
que cuanto más construido esté más bueno es, no tiene nada de natural,
de cotidiano y lo único que es real es el espacio y los actores de carne
y hueso que lo habitan. Es el lugar donde la realidad se condensa,
es la vida pero vivida a un doscientos por cien: por eso los personajes
se arrancan los ojos, recitan bajo tempestades, viven medio enterrados
y hasta no hablan pero viven en un fértil silencio. En seguida el espacio
se convierte en una metáfora y se especula con el tiempo, estirándolo,
convirtiendo el instante en una fiesta. Uno de esos momentos tumba me
ocurrió en La Geometría de los Milagros de Robert Lepage cuando un personaje
dicta una carta subido a la mesa de su secretaria y bailando claqué. El
sonido del claqué sustituye al de la máquina de escribir, la secretaria
escribe en una máquina invisible que yo acabo viendo y el actor dicta
la carta mientras baila como Fred Astaire: que es como apostar por la
felicidad. Estoy viendo una imagen real (un actor bailando claqué en una
mesa con una secretaria sentada) que me sugiere otra que no está ahí pero
la vi en la vida antes, tantas veces. |
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El teatro crea una irrealidad que se nutre de la Realidad
y yo que veo que todo es mentira me transporto a la época en la cual ocurre
la obra, sin engaños, con una sencillez y una teatralidad que me hacen
mejor persona al salir del teatro. |
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En fin, no quiero extenderme entre las relaciones del teatro y del cine, aunque es un tema que me apasiona, porque sería el propósito de otra ponencia, solamente decir que para hacer teatro no necesitas nada más que actores, un espacio y alguien mirando y para hacer cine ellos necesitan, como mínimo, un enchufe. El color, el ritmo, las materias, el mundo animal, la arquitectura, la pintura todo son armas y beneficiosas influencias para el teatro que toma prestadas de la realidad para devolvérselas con más fuerza. No creo que la gran arma del teatro resida solamente en contar historias, porque si su poderío está en crear vida en escena, en hablar al hombre desde el hombre, no hay nada menos lineal y previsible que la vida de una persona, que es algo que va dando bandazos, rodeos, elipsis, comprendo perfectamente a los creadores se aburren con las historias en el teatro, y más entiendo aún a la señora de Pérez y su marido que se siguen aburriendo, creadores que prefieren generar energía, asociar contradicciones sin un objetivo dramático definido, que es lo que suele ocurrir con la mayor parte de la vida de las personas. |
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Antes dije que el teatro como acto poético me hacía mejor persona. Un consuelo bastante contemporáneo es el de pensar que si yo me hago mejor podré cambiar o intervenir en la Realidad que me rodea con más entusiasmo. No puedo cambiarlo todo, pero sí la parcela que me rodea. Francotiradores bondadosos estamos hechos. Al capitalismo le interesa esto, "solos pero juntos" parece decirnos, modificar nuestra parcelita pero sin poner en cuestión la globalidad que está bien como está. Sobre todo para los que están bien. Al teatro le interesa trabajar en sentido contrario. Porque si es todo un colectivo el concernido la fuerza es infinita. Seguramente de todos los momentos teatrales es el coro en escena el que más me impresiona. La situación es potente, casi tiene un valor curativo: un colectivo viendo a otro, un grupo frente a otro, el coro representando al pueblo frente al público, que no es otra cosa que un pedazo de la humanidad en su mejor estado; y cerca, en alguna parte, el héroe. |
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Trabajar como actor dentro de un coro fomenta el sentido de cohesión y la solidaridad. Por supuesto no me estoy refiriendo a esos emplazamientos geométricos de grupo que algunos directores trabajan, sino a un grupo orgánico que se aproxima junto al misterio de la vida. Ese coro-pueblo que comenta poéticamente las acciones del héroe, "el tiempo te ha descubierto" le dirá el coro a Edipo, no sólo reproduce nuestros comportamientos frente a los acontecimientos humanos, sino que los dimensiona. Es también la búsqueda de una voz física común, que pertenece al coro entero. Enriquecedora experiencia frente al darle a cada uno su voz, cada uno su opinión, su ponerle el micro delante aunque no tenga nada que decir; en fin, ese dejar hablar a todo el mundo al mismo tiempo que es una forma segura de que a nadie se le escuche. Y si hay coro necesitamos un héroe cerca. Maravillosa pista para hacer teatro, ¿a qué héroe pondríamos encima de un escenario en una tragedia contemporánea? |
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¿Qué héroes da la realidad hoy que merezcan ser subidos a un escenario? Savater dice que para él es una heroína la mujer que con varios hijos y un sueldo base consigue llegar a final de mes. Da como medio vergüenza hablar de héroes hoy en día, suena como a retrógrado y quizás andamos más confortables con el anti-héroe. Actuar dentro de un coro es una experiencia única y hay pocos actores que la valoren, "hago de coro" suena muchas veces despectivamente, casi como si de figuración se tratara. Creo que un trabajo más serio en el teatro sobre el coro y por extensión la tragedia y su significado último, nos daría un empuje enorme y orientaría a la profesión en ese cierto despiste general existente que tanto preocupa a la señora de Pérez. Otro recuerdo imborrable de cuando era estudiante en París es el de un coro moderno de burguesitas bufonescas tomando el té alrededor de Macbeth mientras comentan lo mala que es la ambición. Bueno, son proyectos a atacar entre varios, que es el mejor camino para aprender. Por eso no hay buen teatro sin idea de grupo, y los grupos no aguantan si no hay un sueño detrás que los alimente. En la vida pasa lo mismo, creo. Moliére, Robert Lepage, Shakespeare, y Simon McBurney no hubieran escrito lo que han escrito, creado lo que han creado sin su troupe detrás apoyándolos. |
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El fuego teatral arde iluminándonos y no termina ahí: después quedan las cenizas y el carbón, dispuesto a arder de nuevo en algún lugar de nuestras tripas, de nuestra cabeza. Basta con volverlo a prender o sino guárdense unos pedacitos en el bolsillo, por si la cosa se pone fría. |
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Jorge
Picó (València, 1968) es licenciado en Filología Inglesa por la Universitat
de València y se diplomó en la Ecole Jacques Lecoq de París. Es autor
dramático, director y principalmente actor de teatro y ha trabajado con
Philippe Genty (Voyageur Inmobile) y Linus Tünstrom (Scarecrow) entre
otros directores. |
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